El plazo que hoy vence en miles de escuelas de Ohio

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El plazo que hoy vence en miles de escuelas de Ohio

Hoy, primero de julio, miles de escuelas en Ohio llegan a una fecha límite silenciosa. Cada distrito escolar público del estado debía tener lista, antes de hoy, una política formal sobre el uso de la inteligencia artificial en sus salones. No es una recomendación ni una guía sugerida: es un mandato estatal, y los distritos que no lo cumplan quedan fuera de la ley. El que más ha llamado la atención, Columbus City Schools, el distrito más grande de Ohio, aprobó su versión desde marzo, y merece que nos detengamos en lo que decidieron, porque hay una idea detrás que me parece acertada.

Lo primero que hicieron fue poner al educador, no al programa, en el centro de la decisión. La política de Columbus no impone la inteligencia artificial ni la prohíbe: la deja en manos del educador, tarea por tarea. Según explicó el jefe de tecnología del distrito, Christopher Lockhart, el educador es la fuerza que guía sobre si sus estudiantes pueden usar IA en una asignación en particular. Eso significa que un mismo estudiante puede tener permiso para usarla en la clase de historia y no tenerlo en la de escritura, según decida cada educador para su propósito pedagógico ese día. He estudiado suficientes políticas educativas para reconocer cuándo una decisión así tiene sentido: reconoce que el conocimiento de ese salón específico —quién es ese grupo, qué necesita aprender, qué momento del curso atraviesa— no lo tiene un comité sentado en la capital del estado. Lo tiene la persona que está ahí todos los días.

Lo segundo que exige la política es transparencia, no una promesa de honestidad. Cuando un estudiante usa inteligencia artificial en un trabajo, tiene que declararlo. El sistema no se conforma con confiar en que el estudiante actuará bien; pide evidencia del proceso, como cualquier política seria de integridad académica suele pedir. Y solo se permiten herramientas aprobadas por el distrito, lo que cierra la puerta a que cada quien use lo que consiga en su teléfono sin que nadie sepa qué datos entrega ni a quién se los entrega.

Lo tercero me llamó la atención más que el resto: la protección de los datos de estudiantes y personal. La política prohíbe, de forma expresa, que esa información se use para entrenar modelos de inteligencia artificial. He visto políticas tecnológicas que hablan largo y tendido de pedagogía y se olvidan por completo de dónde termina la información que un estudiante entrega sin saberlo. Esta vez no la olvidaron.

Ohio no está sola en esto, y ese es el punto que quiero subrayar. El mandato estatal empujó a cientos de distritos a escribir, en cuestión de meses, una política que muchos llevaban años posponiendo. La urgencia legal logró lo que la buena voluntad sola no había conseguido. Un plazo impuesto desde arriba nunca sustituye la conversación pedagógica que debería preceder a cualquier política, y eso hay que decirlo con toda claridad. Pero en este caso el resultado, al menos en Columbus, deja la decisión donde debe quedarse: en manos de quien enseña, no en manos de quien programa.

Lo que me deja esta noticia es una lección que aplica mucho más allá de Ohio. Toda política de inteligencia artificial —en una escuela, una universidad o una empresa— tiene que resolver la misma pregunta antes que ninguna otra: ¿quién decide, caso por caso, si la herramienta sirve ahí? Si la respuesta es un algoritmo, o un manual genérico redactado lejos del salón, la política tropieza antes de arrancar. Si la respuesta es la persona que conoce el contexto —el educador, el gerente, quien tiene el grupo enfrente— la tecnología entra a servir el aprendizaje en lugar de sustituirlo. Eso, al final, es lo único que una política bien escrita puede garantizar.

He visto suficientes reformas educativas nacer de un plazo legal y morir en un cajón. Esta tiene una oportunidad real de sobrevivir, precisamente porque no le quitó al educador la última palabra.

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Soy el Dr. José R. Ferrer López, catedrático con más de treinta años en la educación y más de quince años dirigiendo procesos administrativos. Esta política de Columbus me recordó por qué insisto tanto en el papel del educador como centro de cualquier salón, con tecnología o sin ella. Me dedico a educar educadores y a capacitar a quienes capacitan a los profesionales del país, y en mis cursos —enseñanza, liderazgo, innovación, cursos en línea y uso efectivo de la tecnología, incluida la inteligencia artificial, en los procesos educativos y administrativos— vuelvo una y otra vez a este mismo punto: la tecnología ayuda, pero la decisión pedagógica siempre pertenece a quien enseña. Si el tema de las reglas éticas detrás del uso de la IA en tu salón o tu institución te interesa, ese es el terreno que trabajo en el curso “Fundamentos éticos en el uso de la Inteligencia Artificial”, que puedes ver junto al resto de mi oferta en drjoseferrer.com/cursos.