Erosión cognitiva: el precio de dejar que la IA piense por ti

dr jose ferrer tecnología liderazgo inteligencia artificial educacion
Educación / Inteligencia Artificial

Erosión cognitiva: el precio de dejar que la IA piense por ti

Un estudiante puede entregar hoy el mejor ensayo de su vida sin haber aprendido nada. La inteligencia artificial lo escribe, lo pule y lo entrega en minutos. El texto es correcto. La calificación, alta. Y sin embargo, dentro de ese estudiante no pasó nada. No hubo esfuerzo, no hubo duda, no hubo ese momento en que una idea se acomoda en la cabeza y se queda. Ese vacío tiene nombre, y en estos meses se ha empezado a discutir con seriedad: erosión cognitiva.

La erosión cognitiva es lo que ocurre cuando delegamos en la máquina el trabajo que nos hacía pensar. Funciona como cualquier otra destreza del cuerpo humano: la que no se usa, se pierde. Un músculo que no carga peso se atrofia. La memoria que nunca se ejercita se ablanda. Y el pensamiento crítico que siempre encuentra la respuesta hecha deja de fortalecerse. No es una metáfora poética; es cómo aprende y desaprende el cerebro.

He observado este patrón en mis años dentro del sistema, y quiero ser claro en algo: el problema no es la inteligencia artificial. El problema es el atajo. La IA es una herramienta extraordinaria, quizás la más poderosa que ha entrado a la educación en mi vida profesional. Pero una herramienta no decide cómo se usa. El martillo construye una casa o rompe una ventana según la mano que lo sostiene. La pregunta correcta no es si usamos IA. Es para qué la ponemos a trabajar.

Aquí es donde la mayéutica de Sócrates, con más de dos mil años encima, resulta más vigente que nunca. Sócrates no entregaba respuestas. Hacía preguntas, una tras otra, hasta que su interlocutor llegaba al conocimiento por su cuenta. Ese era el método: el aprendizaje no se deposita, se construye desde adentro. Una IA bien usada hace exactamente eso. La pones a interrogarte, a señalarte los huecos de tu argumento, a pedirte que defiendas lo que afirmas. Mal usada, hace lo contrario: te da la conclusión y te ahorra el camino. Y el camino era el aprendizaje.

El reto del maestro y del profesor cambia, entonces, pero no desaparece. Su trabajo ya no es competir con la máquina en velocidad, porque esa carrera está perdida. Su trabajo es diseñar experiencias donde el estudiante tenga que pensar con la IA y no a pesar de ella: evaluaciones que pidan criterio, no datos; tareas donde la respuesta fácil no baste; conversaciones donde el estudiante explique por qué, no solo qué. Eso exige metacognición, que el estudiante piense sobre cómo está pensando. Y eso ningún algoritmo lo regala.

La tecnología sirve cuando amplía el pensamiento, no cuando lo reemplaza. Esa frase resume lo que he venido enseñando y la dirección hacia donde, creo, debemos llevar esta conversación: no a prohibir la IA ni a entregarnos a ella, sino a aprender a usarla para volvernos más capaces, no más dependientes. En la próxima entrega quiero mostrarte, paso a paso, cómo diseñar una tarea que aproveche la IA sin producir erosión cognitiva. Porque saber el riesgo es la mitad; la otra mitad es saber qué hacer con él.

—

Soy el Dr. José R. Ferrer López, catedrático con más de 30 años de experiencia en la educación y más de 15 como administrador. Me dedico a educar a educadores y a capacitar a quienes capacitan a los profesionales del país. Mis cursos —sobre enseñanza, liderazgo, innovación, cursos en línea y el uso efectivo de las tecnologías, incluida la inteligencia artificial, en los procesos educativos y administrativos— están entre los más exitosos y respetados en su campo. La misma convicción recorre mis libros: la tecnología tiene valor cuando hace pensar más, nunca cuando piensa por uno.