La ventaja que América Latina no sabía que tenía

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La ventaja que América Latina no sabía que tenía

¿Sabías que las universidades de América Latina van delante de las de Estados Unidos en el uso de la inteligencia artificial? El dato viene de la encuesta regional 2026 del Digital Education Council, hecha junto al Tecnológico de Monterrey y su Instituto para el Futuro de la Educación: más de treinta mil respuestas en veintinueve instituciones de la región. El 92 por ciento de los estudiantes y el 79 por ciento de los profesores ya trabajan con IA de forma activa. Y apenas un 12 por ciento del profesorado la percibe como amenaza para su puesto.

El contraste con el norte hace la noticia todavía más llamativa. La edición global de la misma encuesta registra que en Estados Unidos y Canadá la intención del profesorado de usar IA en su enseñanza futura bajó de 76 a 67 por ciento entre 2025 y 2026, la más baja de todas las regiones. Acá ocurre lo contrario: el 94 por ciento de los profesores latinoamericanos espera usarla en su práctica futura, y ese número se mantiene igual entre quien lleva tres años en la cátedra y quien lleva treinta. He escuchado por décadas, en pasillos académicos, que nuestra región llega tarde a cada tecnología y le toca copiar lo que otros ya probaron. Esta vez llegó primero, y no hay a quién copiarle.

Dentro de la encuesta hay un hallazgo menos vistoso y más serio. Solo el 30 por ciento de los estudiantes dice que el uso institucional de la IA cumple sus expectativas. El 61 por ciento teme que sus compañeros la usen mal. Y la mitad quisiera recibir retroalimentación asistida por IA en sus trabajos, aunque apenas el 19 por ciento de los profesores la ofrece. Esos tres números cuentan la misma historia: las personas adoptaron la herramienta por su cuenta, y la institución todavía no ha decidido qué hacer con ella.

He observado ese desfase de cerca en mis capacitaciones con facultades universitarias. Encuentro profesores que usan la IA a diario en lo personal y la esconden en lo académico, porque nadie ha definido qué está permitido, qué se espera, ni cómo se evalúa un trabajo hecho con ayuda de la máquina. El estudiante vive la misma ambigüedad, pero con nota de por medio. Cuando el 61 por ciento teme el mal uso de sus propios compañeros, está pidiendo reglas claras y parejas antes que vigilancia: quiere saber que su esfuerzo compite en igualdad de condiciones.

El dato de la retroalimentación es el que más oportunidad pedagógica encierra. Pocas prácticas mueven tanto el aprendizaje como devolverle al estudiante comentarios específicos sobre su trabajo, y pocas cuestan tanto tiempo. Un profesor con cuarenta ensayos por corregir sabe de qué hablo. La máquina puede señalar en minutos los patrones de error de todo un grupo; el juicio sobre cuál comentario empuja a ese estudiante en particular sigue siendo del que enseña. Bien repartido ese trabajo, una práctica que el reloj volvía imposible se convierte en práctica semanal. Que la mitad de los estudiantes la esté pidiendo y solo dos de cada diez profesores la ofrezca es la brecha más fácil de cerrar de toda la encuesta.

El propio Digital Education Council apunta hacia dónde sigue el camino. Su director ejecutivo, Alessandro Di Lullo, lo resume sin rodeos: profesores y estudiantes ya usan la IA; lo que falta es que las instituciones tomen decisiones deliberadas sobre cómo entra en la enseñanza, la evaluación y los estándares académicos. Decidir, en este contexto, tiene nombre y apellido: definir en qué tareas la IA acompaña el pensamiento del estudiante y en cuáles lo sustituye, y escribirlo donde todos puedan leerlo. Esa conversación empieza por la pregunta más socrática que una facultad puede hacerse: ¿qué queremos que el estudiante siga haciendo con su propia cabeza?

La ventaja latinoamericana es real, y también frágil. La adopción llegó sola, empujada por la curiosidad de estudiantes y profesores que no esperaron permiso. La dirección no llega sola nunca; hay que construirla, institución por institución, con políticas que conviertan ese entusiasmo en aprendizaje verificable. La región ya demostró que sabe adoptar. Le queda demostrar que sabe decidir.

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Ese trabajo de ponerle dirección institucional a la inteligencia artificial ocupa buena parte de mis días. Soy el Dr. José R. Ferrer López: catedrático, con más de 30 años en la educación y más de 15 como administrador, educo a educadores y capacito a quienes capacitan a los profesionales del país. Como autor bestseller en Amazon he llevado al papel lo que primero probé en instituciones reales; si te toca guiar esa conversación en la tuya, en IA en Organizaciones: Modelo AVANZA propongo una ruta concreta para adoptarla con propósito, está con el resto de mis títulos en drjoseferrer.com/libros. Mis cursos de enseñanza, liderazgo, innovación, cursos en línea y uso efectivo de las tecnologías, incluida la IA en procesos educativos y administrativos, siguen contándose entre los más exitosos y respetados de su campo.