Lo mejor que me pudo pasar fue que no pasara.
Hace unas semanas recibí una invitación inesperada a través de una red social profesional. La acepté sin mayores expectativas, pensando que sería una conversación de networking más. Durante la reunión, que se extendió por casi una hora, hablamos de distintos temas. En un momento, la persona con la que conversaba me lanzó una pregunta directa:
—¿Estás disponible para una posición gerencial?
La pregunta me tomó por sorpresa. No estaba en mis planes inmediatos, pero tampoco era algo imposible de considerar. Me fui con la propuesta rondando en la cabeza y, en menos de 24 horas, contesté afirmativamente. Eso sí, dejé claro que tendríamos que discutir ciertas condiciones antes de continuar.
Pasaron los días y, un fin de semana, me llegó un correo electrónico. En él me agradecían la disponibilidad, pero me explicaban que esperaban contar conmigo más adelante, quizá en otra área, no ahora. Ese mensaje cerró de golpe la ilusión inicial, dejándome con la sensación de que una oportunidad se había desvanecido antes de empezar.
Días después me enteré de que habían nombrado a otra persona en esa posición. Para mi sorpresa, esa persona duró apenas 24 horas en el cargo y ya no estaba. Esa noticia me dejó pensando: lo que parecía un revés era, en realidad, una advertencia de que ese camino no era el adecuado.
Al principio pensé que tal vez debí insistir más, empujar un poco para que la conversación siguiera abierta. Sin embargo, el tiempo se encargó de mostrarme otra cara de la historia. Con el paso de las semanas, comenzaron a salir a la luz múltiples problemas en esa misma área de trabajo: tensiones internas, procesos estancados y decisiones complicadas que hubiesen hecho difícil cualquier gestión. Fue entonces cuando comprendí que lo mejor que me pudo pasar fue que no pasara.
Esa puerta que no se abrió me evitó entrar en un espacio lleno de dificultades que nada tenían que ver conmigo, pero que sin duda me habrían consumido energía y paz mental. Lo que parecía un tropiezo resultó ser, en realidad, una protección.
De esta experiencia me quedo con algo claro: vale la pena luchar con disciplina por lo que depende de uno mismo —prepararse, crecer, emprender—, pero no tiene sentido forzar lo que está fuera de nuestro control, lo que depende de voluntades o decisiones ajenas. Algunas oportunidades que se escapan no son pérdidas; son redirecciones hacia algo mejor.
Hoy miro hacia atrás y sonrío. No insistir fue, en realidad, la mejor decisión. Porque hay victorias que se logran con esfuerzo… y hay otras que se logran dejando ir.
“Lo mejor que me pudo pasar fue que no pasara.”